Análise: Acerca del Muro de Berlín, la literatura comprometida y (todos) los caminos que conducen a Dalton

Por Mercedes Elena Seoane*

Los festejos por el 25º aniversario de la Caída del Muro de Berlín me encuentran, precisamente, en la capital alemana, donde resido temporalmente. Durante dos días, locales y extranjeros disfrutan de exhibiciones, instalaciones artísticas y un clima festivo que desafía al clima meteorológico. Paseo entre las muchedumbres y pienso en la alegría que, más allá de las inevitables contradicciones surgidas a posteriori, el recuerdo de ese episodio cargado de simbolismo produce en esta parte del mundo. La Caída del Muro parece un acontecimiento unánimemente feliz en esta tierra donde tantos otros eventos históricos son profundamente trágicos.

¿Cuáles fueron las consecuencias del histórico evento? Mi observación de estos días me recuerda las dos versiones: para los locales, el fin de una división oprobiosa y el comienzo de una libertad que imaginaban, en esos días de exultante alegría, ilimitada; para los europeos de Occidente, el triunfo de sus valores, la vuelta a la cordura perdida durante la Guerra Fría, y el camino a la unión de Europa, largamente perdida; para los europeos de Oriente, un espejo de lo que sobrevendría igualmente en sus tierras. Del otro lado del océano, mientras el norte celebraba su batalla final y se dirigía triunfal hacia los tiempos del fin de la historia, en Nuestra América muchos se alegraron también; otros, desde los movimientos que luchaban aún por alcanzar la utopía de un mundo más justo, o desde las dos naciones donde el así llamado “socialismo real” realmente existía, se sintieron desamparados. Los cientistas sociales también se dividirían, y mientras algunos brindaban con el optimismo rampante de los Fukuyama del momento, otros declaraban que el Apocalipsis era irrefrenable. Pareciera que la frase del saber popular que reza que “todo depende del cristal con que se mire” podría parafrasearse en metáfora geopolítica: “todo depende del lugar del mundo de donde se mire”.

Más allá de esta disputa histórica que trasciende en mucho las intenciones de esta humilde reflexión (y más allá también de mis propios sentires encontrados durante mi observación del jolgorio berlinés, que pueden no ser de interés sino para mí), pienso en cómo la Caída del Muro (en tanto hecho simbólico) terminó modificando la escena cultural, específicamente la literaria, de nuestro lado del mundo. La primera observación bastante evidente es que, con el Muro, cayó también un estilo de hacer prosa, poesía y dramaturgia bastante expandido en Nuestra América en aquellos tiempos (con muy variados exponentes y aún más diversos resultados, debo decir). En efecto, el derrumbe arrastró consigo a la así llamada literatura “comprometida”, es decir, la que fue producida fundamentalmente durante las décadas del sesenta y setenta no sólo como ejercicio de escritura sino también como sustento, desde el campo cultural, de un proyecto político que fue, en la mayor parte de los casos, el de la lucha revolucionaria. El Muro arrastró también al extenso (y a veces amargo) debate que la literatura de este tipo generó entre los intelectuales considerados “comprometidos”, cuyas opiniones estuvieron lejos de ser unánimes.

En los años noventa el panorama literario hace uso de esa suerte de nueva libertad temática para experimentar nuevos tópicos, formas, géneros, autorreferencialidades y, también, como es inevitable, para representar el pasado convulso (no sólo el reciente sino el más remoto, como muestra el auge de la novela histórica) pero también un presente que comienza a mostrar sus caras más inquietantes. Entre estas inquietudes se encuentra una amenaza – externa a la diégesis stricto sensu – ciertamente temible para la variada oferta literaria de la región: una de las múltiples consecuencias (in)directas de la Caída del Muro es el colapso, menos estrepitoso, menos mediático, de numerosas editoriales que no pudieron hacer frente a las nuevas exigencias del todopoderoso mercado. También la atomización histórica de nuestra región se agudiza ante los problemas del mercado editorial local, entre otras razones, y recibimos cada vez menos (a veces, simplemente nada) de la producción literaria del sur en el centro, del centro en el norte, de los autores noveles, de los que empiezan a quedar en el olvido.

Entonces, mientras reflexiono acerca de los festejos en las calles de Berlín engalanadas para la fiesta, viene a mi mente Roque Dalton. Nunca en el sur de Nuestra América habíamos hablado de Roque (en mi círculo de estudiantes de Letras, en la Facultad misma, con su canon latinoamericano, en eventos poéticos); me avergonzó mi ignorancia cuando mis estudios me condujeron a la literatura centroamericana post-“colapso”.

Como quien viene de otro tiempo y otro espacio, llegó a mis manos el pequeño y más famoso texto de Dalton, Las Historias Prohibidas del Pulgarcito, publicadas en 1974, un año antes de la trágica muerte de su autor. En ese original collage de textos propios, fragmentos tomados de otras fuentes y otros juguetonamente inventados ad hoc, sin aclaración de cuáles son fuentes realmente existentes y cuáles “fraudulentas”, hay elogios a la utopía revolucionaria, hay memoria histórica de los pueblos originarios así como de los trágicos sucesos del año 1932 en El Salvador, hay héroes de la talla que espera la literatura comprometida tendiente a la elegía. El lector encuentra invocaciones poéticas a luchar contra la injusticia y el sistema social y cultural establecido. Hay denuncias en tono irónico y otras muy serias. Sin embargo, hay también espacio para la experimentación literaria (desde el mismo efecto de “collage” elegido, que multiplica las voces y, en principio, las perspectivas), para la revisión jocosa de la literatura salvadoreña y sus figuras consagradas y desacralizadas en la vorágine de desparpajo, para la “invención” del idioma Salvador (dirigido con malicia a la Real Academia Española), para una reflexión botánica que se propone como epitafio a la Flora Salvadoreña, muerta a manos de una larga serie de compañías y responsables políticos listados a continuación, e incluso para las agresiones poéticas al estilo de las sátiras romanas pero profundamente salvadoreñas, como el poema que se dedica al ícono de las letras Masferrer (“Hubo en El Salvador un maestro y periodista/llamado don Alberto Masferrer./Había nacido en el pueblito de Alegría, Departamento/de Usulatán […]”; el poema prosigue largamente para dar cuenta del origen de su título: “Viejuemierda”). En las líneas citadas, así como en la memorable definición del estatus social de acuerdo al calzado que uno porta en la breve y muy posiblemente apócrifa “sociología por los pies”, en los curiosos óbitos transcriptos (“A la edad de 57 años dejó de existir el día 22 del presente la señora doña Refugio Pinto de Arbizú, víctima de una enfermedad que, a pesar de los supremos esfuerzos de la ciencia médica, debía llevarla a la vida del no ser”) y en tantos otros fragmentos del gran friso que compone, Dalton ofrece una lección magistral de cómo un texto profundamente político, claramente comprometido, absolutamente enraizado en las luchas de su tiempo y en la identidad nacional salvadoreña y que contiene invocaciones a pelear por lo que se considera justo (“por la Patria Grande y Unida de Morazán,/la de la libertad y la igualdad de los trabajadores/que ya no sea de los extranjeros sino de nosotros./Ese pensamiento existe./Está abonado con sangre/y es el que unirá a nuestros pueblos con nuestros /pueblos/y con todos los pueblos de la tierra”) no se convierte, dos décadas más tarde, en un simple panfleto, efímero y olvidable como todos los panfletos. Después de todos los derrumbes, Dalton nos sigue haciendo reír y reflexionar al mismo tiempo. Por eso, aunque la utopía de la revolución por la que luchó y perdió su vida haya sido fagocitada por el ímpetu de los tiempos, al menos en sus formas de entonces, la gran lección que nos deja este pequeño gran libro es que la literatura “comprometida” puede evitar ser fagocitada también. Quizás envejezcan algunas de sus líneas, pero otras tantas, que supieron abrevar en la irreverencia más productiva, en las experimentaciones literarias valientes y en el tratamiento original de ciertos temas que vuelven a nosotros desde aquellos tiempos que a veces nos parecen hoy tan lejanos, demuestra que hay libros que no envejecen. También podría objetársele al Dante que su Comedia es obsoleta para el mundo contemporáneo, pues pocos imaginan hoy un Infierno en nueve círculos, un Purgatorio para la contricción del alma y un Paraíso donde Beatriz espera a quien se animó a andar los caminos correctos; sin embargo, no son las ideas, producto de la cosmovisión del poeta, las que importan ya sino los personajes eternos, el sufrimiento humano descripto en versos inolvidables.

En nuestros clásicos, los de la periferia olvidada por el centro que hoy festeja sus propias alegrías, busquémosle un lugarcito al poeta salvadoreño. Porque en definitiva, todos (o al menos muchos) de los caminos conducen a Dalton.

 

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*Mercedes Elena Seoane é graduada em Letras pela Universidad de Buenos Aires, mestra em Estudos Latino-americanos pela Universidad Nacional Autónoma de México e doutorando do Programa de Estudos Sociais da América Latina do Centro de Estudos Avanzados, Universidad de Córdoba.

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