Análise: Literatura, identidad y mercado

Por Mercedes Elena Seoane*

 

La literatura latinoamericana no atraviesa el mejor de sus momentos si se piensa en la difusión que los textos producidos en nuestro subcontinente alcanzan tanto dentro del mismo como fuera de sus fronteras. El recuerdo nostálgico de los años cincuenta y sesentas aviva la desazón presente: en efecto, aquellas décadas de esplendor, que llevarían a hablar del muy debatido “boom” latinoamericano, se caracterizaron por la expansión de editoriales locales (especialmente las mexicanas y argentinas, que daban a conocer por entonces títulos locales y extranjeros traducidos aquí) como resultado del crecimiento del público lector, los círculos en los que artistas e intelectuales podían actuar y darse a conocer, el fortalecimiento, en definitiva, del campo cultural y la (posiblemente) azarosa concurrencia de grandes escritores contemporáneos que lograron impresionar allende las fronteras. Frente a esos tiempos pasados el panorama actual puede producir un dejo amargo: las leyes implacables del mercado han arrasado con pequeñas y medianas editoriales locales, e incluso las más tradicionales no han podido resistir el impacto de los nuevos tiempos, siendo absorbidas por grandes cadenas españolas que comienzan a definir qué autores son interesantes y cuáles no serán consagrados en el nuevo panteón, basándose su decisión muchas veces en consideraciones más económicas que artísticas. Hay autores, géneros o temáticas que “venden”, y otras que son riesgosas. Ante la duda, mejor optar por fórmulas conocidas, o por escritores cuyas personae ofrecen por sí mismas un éxito casi seguro. Los escritores que quieren triunfar en el mercado (el atomizado mercado local o el codiciado y displicente mercado español, que los lanzará a la fama internacional) seguirán con atención estas direcciones implícitas para triunfar.

¿Qué puede esperar un lector (y editorial) estadounidense o europeo de un escritor latinoamericano? Es difícil analizar los efectos de lectura (individuales y sociales), y las expectativas y preferencias en un texto tan sencillo como éste. Un análisis de semejante envergadura ocuparía seguramente varios años de observación, trabajo de campo y reflexión sobre un aspecto del fenómeno literario tan complejo como es el de la Recepción. Sin embargo, quiero proponer para el debate una observación empírica (es decir, no sometida a exámenes más minuciosos) que conlleva una pregunta un tanto angustiada: ¿es necesario que un escritor latinoamericano escriba sobre nuestros paisajes, culturas, luchas, conflictos actuales y violencias para no defraudar al público foráneo y lograr ser leído más allá de su pequeño círculo íntimo y local? ¿Cuál sería la reacción de ese público que imaginamos a efectos de esta reflexión si el autor latinoamericano decide ficcionalizar la historia de Burma, situar a sus personajes en la China antigua o , simplemente, mantener una cuidada ambigüedad en las coordenadas geográfico-temporales de la diégesis? ¿Cuán limitados están nuestros escritores si desean ser leídos más allá de nuestras tierras?

Con todo, existen algunos narradores jóvenes que, escapando al mandato implícito, escriben novelas que tienen lugar en la Alemania nazi o en épocas futuras que no se localizan necesariamente en la América Latina tal como es imaginada por muchos lectores extranjeros (a Borges –ni hace falta decirlo- se le “perdonó” siempre su gusto por mundos exóticos y temas universales… pero a cuántos más). El escritor latinoamericano podría, entonces, enfrentarse al dilema de sentir que debe escribir no sólo desde sino sobre (y esto con exclusividad) su lugar de origen si quiere captar a un público más extenso, y como todos sabemos, aunque no nos guste, la consagración más definitiva sigue siendo aún la codiciada publicación europea.

Es cierto que la literatura latinoamericana tiene una larguísima tradición de utilizar como materiales su realidad más próxima: en sus páginas se ha ficcionalizado innumerables veces la historia de la región, sus luchas ideológicas e identitarias, sus discursos sociales en pugna. Fue para algunos arma de batalla, canto de lucha y refugio ahora para los espíritus cansados; en el istmo, esto es particularmente notorio. Lo mencionamos anteriormente al discutir la presencia de Roque Dalton en la literatura centroamericana, y esta misma reflexión podría hacerse extensiva a numerosos autores de esa región que escribieron durante los conflictos armados centroamericanos, y que escriben en la actualidad tomando tantas veces como contexto o incluso tema de sus ficciones las violencias actuales del istmo, las consecuencias de ese pasado aún reciente, los dolores que no cicatrizan; he ahí el ejemplo de Horacio Castellanos Moya y Sergio Ramírez, por nombrar dos ejemplos notables de este entramado ficción literaria/realidad centroamericana extraliteraria, o los más exitosos textos de Gioconda Belli, tan leídos por cierto público europeo.

¿Es imposible, pues, elegir temas y contextos con libertad como material de la literatura que se produce en el istmo? ¿Se sentirán decepcionados los lectores extranjeros si descubren una novela procedente de esas tierras remotas, y al comenzar la lectura no encuentran en ella sus paisajes tropicales tan atrayentes y exóticos para la mirada foránea, sus héroes revolucionarios de otros tiempos o a la descarnada violencia contemporánea, tan presente en buena parte de la narrativa contemporánea local?

Y de pronto, mientras reflexiono sobre estos temas sin llegar a ningún puerto, llega a mis manos, no recuerdo ya si como tesoro encontrado en librería locales o a través de un tránsito de libros entre conocidos que suple, muchas veces, las dificultades del agonizante mercado editorial local y del todopoderoso mercado extranjero, un pequeño volumen de cuentos que me sorprende desde las primeras líneas. La autora se llama Jacinta Escudos, la colección de cuentos se intitula El Diablo sabe mi nombre, y así comienza el primer relato: “Al conocerte, me convertí en hombre. No sé qué proceso mágico ocurrió en mi cuerpo. Pero estoy seguro que durante 33 años, antes de conocerte, en el momento justo en que te vi pasar cerca de mí, recostada en tu litera por aquel camino de los reinos de Siam, yo era todavía una mujer.”

No se trata del alguna vez exitoso y luego agotador realismo mágico (¡lejos de ello!) ni aparece luego una centroamericana perdida en ese lejano reino de Siam que nos devuelva a la materia preferida de las narraciones del istmo; es la pura libertad creativa la que se despliega desde ese primer y sorprendente párrafo hasta el último de los cuentos. Continúo la lectura. Tomo nota de este nombre.

Algo está cambiando en la tierra de los volcanes, los terremotos (telúricos y políticos) y las violencias inveteradas, que de pronto no proveen el escenario para la trama de la narración; parece que se puede escribir también de otras cosas, de otra forma. No es una tendencia general, ni siquiera quizás la más conocida, pero comienza a filtrarse en el universo de las fórmulas narrativas que probablemente serían mucho más apreciadas por el todopoderoso mercado extranjero.

Quizás sea este un primer paso. Quizás el futuro esté llegando.

 

 

Para ler a versão em português, clique aqui.

* Mercedes Seoane é nascida em Buenos Aires, morou no México, na Turquia e, atualmente, mora em Berlim. Graduada em Letras pela Universidad de Buenos Aires, mestra em Estudos Latino-americanos pela Universidad Nacional Autónoma de México e doutorando do Programa de Estudos Sociais da América Latina do Centro de Estudos Avanzados, Universidad de Córdoba.

 

Anúncios